El otoño es una estación de transición que nos recuerda que el cambio no siempre es pérdida, sino ajuste. La luz se vuelve más baja, los colores más sobrios, y el ritmo de la vida parece desacelerarse. Nada ocurre de golpe: las hojas no caen todas a la vez, el frío no irrumpe sin aviso. Todo sucede con una paciencia que invita a observar.
Hay algo honesto en el otoño. Los árboles no se aferran a lo que ya no pueden sostener. Se desprenden sin dramatismo, conscientes de que soltar es parte del ciclo. En ese gesto hay una lección clara: conservarlo todo no es una virtud cuando el costo es el desgaste.
También es una estación de balance. No es el impulso del inicio ni la quietud del final, sino un punto intermedio donde se evalúa lo vivido. El año empieza a cerrarse, y con él, muchas expectativas. Algunas se cumplieron, otras no, pero el otoño no juzga: simplemente muestra lo que queda cuando baja el ruido.
Quizá por eso el otoño se siente introspectivo. No empuja hacia afuera, sino hacia dentro. Nos recuerda que hay momentos para crecer y otros para prepararse, que la pausa también es parte del movimiento. Y que incluso en el desprendimiento hay una forma silenciosa de belleza.