¿A dónde van los que se mueren
cuando se apaga la última lámpara?
No a un lugar que podamos medir,
sino a las manos que aprendieron su nombre.
Van a las mañanas que aún recuerdan su risa,
al café frío que alguien dejó en la mesa,
a las cartas guardadas en un cajón,
a la canción que suena de vez en cuando.
Van al surco donde se planta una palabra,
a la raíz que sostiene una memoria,
a las cosas que hicieron con cuidado:
un abrigo, un gesto, un árbol que crece.
No se van como quien borra un dibujo;
se vuelven calle por la que caminamos,
se vuelven luz tenue en la ventana,
se vuelven esa costumbre que nos salva.
Van a los ojos que los nombran aún,
a las manos que repiten su abrazo,
a la paciencia que aprende a esperar,
a la ternura que se niega a olvidarlos.
Y si quieres una respuesta más simple:
van donde el amor los llama,
no porque la muerte le tema al fin,
sino porque el amor no reconoce fronteras.
Por eso, cuando pienses en ellos,
no imagines una puerta cerrándose:
imagina puertas que siguen abiertas,
y en el umbral, la memoria vigilante.
Respira. Si los llevas dentro, no se han ido;
caminan a tu lado, en silencio y sin prisa,
hasta que, con tiempo o sin tiempo,
lo que fue se haga calma y te acompañe.
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