martes, 17 de febrero de 2026

Sinfonía urbana al amanecer

Despierta la ciudad, aún con los ojos cerrados,
y un murmullo leve se desliza entre las calles.


El rumor del viento acaricia los balcones,
mientras un tren lejano bosteza su partida.


Los pasos tempranos rompen el silencio,
ecos de prisa, de pan recién horneado,
de motores que ensayan su rutina,
de voces que aún no saben si cantar o suspirar.


Un perro ladra al sol que asoma tímido,
las persianas suben como párpados cansados,
y el aire huele a promesa y a cansancio,
a vida que comienza otra vez, sin pausa.


La ciudad respira, vibra, despierta,
cada sonido es un latido compartido:
el amanecer no llega solo,
lo trae la música invisible de su gente.

“Jesucristo y la mariposa”

Jesucristo caminaba
bajo un cielo encendido;
una mariposa herida
se posó en su vestido.

La miró con ojos mansos,
sin juicio ni reproche,
como quien abraza el mundo
en el silencio de la noche.

Ella abrió sus alas frágiles,
temblorosas de dolor,
y alzó vuelo hacia la luz
como un gesto de perdón.

Él siguió su camino,
sereno como la brisa;
donde hay amor que sostiene,
hasta lo débil se eterniza.

La soledad obligada

La soledad obligada no es lo mismo que elegir estar solo. Y esa diferencia lo cambia todo.

Cuando la soledad es impuesta —por circunstancias, por pérdidas, por migración, por rupturas, por enfermedad o incluso por exclusión social— deja de ser descanso y se convierte en confrontación. No es el silencio que uno busca, sino el silencio que se impone. Y ese silencio puede pesar.

La soledad obligada tiene dos caras.

Por un lado, duele. Nos enfrenta con nuestras carencias, con la ausencia de compañía, con la sensación de no ser vistos. El ser humano es social por naturaleza; necesitamos vínculo. Cuando este falta sin haberlo elegido, aparece la sensación de aislamiento, y a veces de abandono. No es debilidad sentir eso. Es una respuesta humana.

Pero hay otra cara que muchas veces no se menciona: la posibilidad de transformación. La soledad forzada obliga a mirarse sin distracciones. No hay ruido externo que tape el diálogo interno. Es incómoda, sí. A veces incluso cruel. Pero también puede convertirse en un terreno fértil para el autoconocimiento.

En la soledad obligada descubrimos:

  • Qué partes de nosotros dependen demasiado de los demás.

  • Qué miedos evitábamos enfrentar.

  • Qué deseos auténticos estaban enterrados bajo la rutina o la aprobación externa.

  • Qué capacidad de resistencia realmente tenemos.

No romantizo la soledad impuesta. Puede ser dura y, en algunos casos, devastadora. Pero si no podemos evitarla, sí podemos decidir qué hacer con ella. Convertirla en parálisis o en construcción.

Hay una pregunta útil cuando la soledad pesa:
¿Estoy esperando que alguien venga a rescatarme, o estoy usando este tiempo para fortalecerme?

No se trata de volverse autosuficiente en extremo ni de negar la necesidad de otros. Se trata de aprovechar el espacio que, aunque no lo pedimos, ahora existe.

La soledad obligada puede enseñarnos a sostenernos. Y quien aprende a sostenerse, cuando vuelve a vincularse, lo hace desde elección y no desde necesidad desesperada.

viernes, 6 de febrero de 2026

Querido hogar

Querido hogar,

Hoy te escribo sin prisas, como quien vuelve a abrir una ventana conocida. En tus paredes aún viven risas que no se borran, pasos que aprendí de memoria y silencios que nunca fueron vacíos. Fuiste testigo de días simples que, sin saberlo, se volvieron los más valiosos.

Recuerdo las mañanas en las que la luz entraba sin pedir permiso, y todo parecía posible. Las tardes largas, donde el tiempo se detenía entre conversaciones, aromas familiares y pequeñas rutinas que daban seguridad. En ti aprendí que la felicidad no siempre hace ruido: a veces se esconde en lo cotidiano.

También guardas mis refugios. Cuando el mundo afuera pesaba, tú sostenías. Me enseñaste a descansar, a sentirme a salvo, a ser yo sin explicaciones. Incluso en los días difíciles, supiste abrazar sin palabras.

Hoy tal vez ya no soy la misma persona que caminaba tus pasillos, pero llevo algo tuyo conmigo. Porque hogar no es solo un lugar: es la memoria de haber sido querida, de haber pertenecido.

Gracias por cada instante compartido, por los momentos felices que siguen vivos en mí. Dondequiera que esté, una parte de mi corazón siempre sabrá volver a ti.

Con cariño, Ana

jueves, 5 de febrero de 2026

Palabras de Jesús

Cansado en el camino

Estar cansado no significa que elegiste mal el camino. Significa que lo has caminado de verdad.
El cansancio aparece cuando has insistido, cuando no te rendiste al primer tropiezo, cuando seguiste incluso sin ganas.

Hay un cansancio que no pide abandono, sino pausa.
Descansar no es retroceder; es tomar aire para no romperte.

A veces el problema no es la meta, sino la exigencia de llegar sin fallar, sin dudar, sin sentir. Y nadie camina así mucho tiempo sin agotarse.

Si hoy estás cansado, no te preguntes “¿vale la pena todo esto?”, pregúntate mejor:
¿qué parte de mí necesita cuidado para poder seguir?

El camino no se pierde por detenerse un momento.
Se pierde cuando sigues avanzando ignorándote.

Reflexión sobre el otoño

El otoño es una estación de transición que nos recuerda que el cambio no siempre es pérdida, sino ajuste. La luz se vuelve más baja, los colores más sobrios, y el ritmo de la vida parece desacelerarse. Nada ocurre de golpe: las hojas no caen todas a la vez, el frío no irrumpe sin aviso. Todo sucede con una paciencia que invita a observar.

Hay algo honesto en el otoño. Los árboles no se aferran a lo que ya no pueden sostener. Se desprenden sin dramatismo, conscientes de que soltar es parte del ciclo. En ese gesto hay una lección clara: conservarlo todo no es una virtud cuando el costo es el desgaste.

También es una estación de balance. No es el impulso del inicio ni la quietud del final, sino un punto intermedio donde se evalúa lo vivido. El año empieza a cerrarse, y con él, muchas expectativas. Algunas se cumplieron, otras no, pero el otoño no juzga: simplemente muestra lo que queda cuando baja el ruido.

Quizá por eso el otoño se siente introspectivo. No empuja hacia afuera, sino hacia dentro. Nos recuerda que hay momentos para crecer y otros para prepararse, que la pausa también es parte del movimiento. Y que incluso en el desprendimiento hay una forma silenciosa de belleza.

Aceptar límites no es rendirse

Aceptar límites no es rendirse; es dejar de pelear contra lo que no se puede cambiar para cuidar lo que sí depende de uno.

Rendirse es abandonar el sentido. Aceptar límites es reconocer la realidad sin dramatizarla. El límite no marca el final del camino, solo señala hasta dónde llega hoy tu fuerza, tu tiempo o tu control. Desde ahí, recién se puede decidir con claridad.

Muchas veces el desgaste no viene del esfuerzo, sino de insistir donde no hay margen. Aceptar un límite ordena: pone prioridades, protege la energía y evita que el orgullo dirija las decisiones.

Aceptar límites es una forma madura de respeto propio. No te quita ambición; te da dirección.

La constancia supera al talento cansado


La constancia supera al talento cansado porque el talento, cuando no se cuida, se agota; en cambio, la constancia se construye incluso en días sin brillo.

El talento suele empezar fuerte: motiva, impresiona, abre puertas. Pero también se confía, se dispersa o se apoya demasiado en la facilidad. Cuando llegan la frustración, la rutina o el error, el talento solo ya no alcanza.

La constancia es menos vistosa. Avanza despacio, a veces sin ganas, a veces sin aplausos. Pero tiene algo decisivo: permanece. Y lo que permanece mejora, se afina, aprende a resistir.

Al final, no gana quien empieza mejor, sino quien sigue cuando ya no es emocionante. Ahí es donde la constancia deja de ser un hábito y se vuelve carácter.


Cambiar de opinión también es avanzar

Cambiar de opinión también es avanzar porque nadie crece sin revisar lo que creía cierto.

Sostener una idea solo por orgullo no es firmeza, es miedo a admitir que algo nuevo nos transformó. Cambiar de opinión exige atención, humildad y coraje: atención para escuchar, humildad para reconocer límites, y coraje para soltar una versión antigua de uno mismo.

Avanzar no siempre es ir hacia adelante con más velocidad; a veces es girar, corregir el rumbo, elegir distinto con más conciencia. Quien nunca cambia de opinión no se mantiene fiel a la verdad, sino a su pasado.

Cambiar de opinión no te debilita. Te vuelve más honesto con lo que ahora sabes y con quien estás llegando a ser.