En un pequeño pueblo abrazado por montañas y ríos cantarines, vivía Don Felipe, un anciano de cabello canoso y mirada profunda que, desde hacía un tiempo, había descifrado la tristeza en cada rincón de su hogar. Su casa, una modesta construcción de piedra y madera, ahora parecía un eco de los días vibrantes que una vez había compartido con su amada esposa, Clara, quien partió a otro mundo un otoño dorado. Desde entonces, el silencio se había adueñado de las habitaciones, llenándolas de un vacío que lo acompañaba como una sombra.
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