El tiempo no se pierde, se gasta, porque siempre está en uso, incluso cuando creemos que no hicimos nada.
Se gasta en lo que elegimos y también en lo que evitamos. En lo que atendemos con intención y en lo que dejamos pasar por inercia. Por eso la pregunta no es si usamos el tiempo, sino en qué lo estamos pagando.
Gastar tiempo no significa llenarlo de logros. Descansar, pensar, detenerse también es una inversión necesaria. El problema no es el descanso, sino el gasto inconsciente, ese que no recordamos ni nos deja algo.
Cuando entendemos que el tiempo se gasta, aparece la responsabilidad: no para vivir con culpa, sino para vivir con presencia. Porque lo que se gasta con sentido, aunque no rinda frutos inmediatos, rara vez se desperdicia.
.png)