Despierta la ciudad, aún con los ojos cerrados,
y un murmullo leve se desliza entre las calles.
El rumor del viento acaricia los balcones,
mientras un tren lejano bosteza su partida.
Los pasos tempranos rompen el silencio,
ecos de prisa, de pan recién horneado,
de motores que ensayan su rutina,
de voces que aún no saben si cantar o suspirar.
Un perro ladra al sol que asoma tímido,
las persianas suben como párpados cansados,
y el aire huele a promesa y a cansancio,
a vida que comienza otra vez, sin pausa.
La ciudad respira, vibra, despierta,
cada sonido es un latido compartido:
el amanecer no llega solo,
lo trae la música invisible de su gente.
