A veces sin querer, por torpeza o miedo; otras, porque no supimos manejar lo que sentíamos. No siempre es crueldad: muchas veces es humanidad mal gestionada.
Lo importante no es fingir que no pasó, sino hacernos cargo. Reconocer el daño, pedir perdón cuando corresponde y, sobre todo, aprender. Herir no nos define para siempre; cómo respondemos después, sí.
También vale recordar que así como herimos, también hemos sido heridos. Eso puede volvernos más duros… o más conscientes. Ojalá lo segundo. Porque entender el dolor propio suele ser el primer paso para no repetirlo en otros.
