El mundo está lleno de cosas mágicas, aunque muchas veces caminemos entre ellas sin notarlas. No siempre brillan ni hacen ruido; a veces se esconden en lo cotidiano, en lo simple, en lo que damos por sentado. La magia puede estar en una conversación que llega justo a tiempo, en una risa inesperada en un día difícil, o en ese momento de silencio que nos permite volver a respirar.
Con el paso del tiempo aprendemos a mirar con prisa, a enfocarnos solo en lo urgente, y así la magia parece desvanecerse. Pero en realidad no se va: somos nosotros quienes dejamos de mirarla. Basta con detenerse un instante, cambiar la perspectiva, permitirnos sentir sin juzgar, para descubrir que sigue ahí. En la naturaleza, en los recuerdos, en los pequeños gestos de bondad que pasan casi desapercibidos.
La magia también vive dentro de las personas: en la capacidad de empezar de nuevo, de amar a pesar del miedo, de soñar incluso cuando la realidad pesa. Cada persona guarda un universo propio, lleno de historias, heridas y esperanzas, y encontrarnos con eso ya es, en sí mismo, un acto mágico.
Quizá la verdadera magia del mundo no está en lo extraordinario, sino en aprender a ver lo extraordinario en lo común. Cuando abrimos los ojos y el corazón, descubrimos que el mundo nunca dejó de ser mágico; simplemente estaba esperando a que volviéramos a creer. 🌱
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