jueves, 5 de febrero de 2026

Reflexión: La tristeza

La tristeza es una emoción silenciosa, profunda, que muchas veces llega sin pedir permiso. No grita como la ira ni sacude como el miedo; más bien se posa despacio, como una sombra al final del día. A menudo la evitamos, la escondemos o la juzgamos, pero la tristeza no es un error: es un mensaje.

Sentirse triste suele indicar que algo importante nos ha sido arrebatado o transformado: una persona, una etapa, una ilusión, incluso una versión de nosotros mismos. En ese sentido, la tristeza es prueba de que hemos amado, esperado o soñado. Donde hay tristeza, hubo significado.

Aunque incomoda, la tristeza también tiene una función valiosa: nos invita a detenernos. Nos obliga a mirar hacia dentro, a reconocer límites, a cuidar heridas. Es en esos momentos de fragilidad cuando muchas personas desarrollan empatía, profundidad emocional y una comprensión más humana del dolor ajeno.

Aceptar la tristeza no significa rendirse a ella, sino permitirle existir sin culpa. Como las nubes oscuras, no es permanente; cambia, se mueve, y eventualmente deja pasar la luz. A veces no se va rápido, pero incluso entonces nos enseña a ser pacientes con nosotros mismos.

La tristeza, bien escuchada, puede convertirse en una maestra. Nos recuerda que sentir es parte de estar vivos, y que incluso en los momentos más grises seguimos siendo capaces de sanar, aprender y, poco a poco, volver a sonreír.

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