miércoles, 29 de octubre de 2025

La relación de las personas con la naturaleza

La relación entre las personas y la naturaleza es, en el fondo, una conversación antigua y siempre renovada: una mezcla de dependencia, asombro, abuso y cuidado. No es solo lo que hacemos con los bosques, los ríos o los animales; es también lo que creemos sobre nosotros mismos cuando estamos frente a un paisaje, y qué historias contamos para justificar nuestras acciones.

Primero, un punto claro: la naturaleza nos sostiene. Aire respirable, agua, alimentos, clima —todo eso no es “opcional”. Pero durante siglos adoptamos una narrativa de separación: “dominar”, “explotar”, “poner a salvo lo humano”. Esa visión produjo progreso tecnológico y bienestar para algunos, pero también agotamiento ecológico y pérdidas irreversibles para muchas especies y comunidades humanas. La crisis ecológica no es solo técnica; es ética y cultural: revela cómo valoramos —o no— lo que nos rodea.

Hay otra postura posible y cada vez más urgente: vernos como parte. No en sentido poético solamente, sino práctico: reconocer que nuestros sistemas económicos, sociales y personales dependen de ciclos naturales y límites físicos. Cambiar la narrativa implica transformar hábitos (consumo, transporte, alimentación), políticas (protección de ecosistemas, justicia ambiental) y, sobre todo, nuestras actitudes: humildad ante lo imprevisible, paciencia para regenerar, responsabilidad colectiva.

Esta relación también tiene una dimensión emocional y espiritual. La naturaleza nos enseña ritmos (estación, crecimiento, muerte), nos ofrece refugio y nos confronta con nuestra vulnerabilidad. Recuperar el asombro —mirar un árbol, escuchar un arroyo, cultivar un pequeño huerto— puede ser el primer paso para que lo racional y lo afectivo trabajen juntos: sabiduría técnica para conservar y cariño que motive la acción.

¿Qué podemos hacer, a nivel personal y comunitario?

  • Informarnos y votar políticas que protejan ecosistemas y comunidades vulnerables.

  • Reducir el desperdicio y el consumo innecesario; priorizar calidad y reparación sobre la obsolescencia.

  • Recuperar prácticas locales: agroecología, mercados de proximidad, espacios verdes urbanos.

  • Fomentar la educación ambiental que conecte manos y mentes, no solo datos.

La relación con la naturaleza es, en definitiva, una responsabilidad compartida y una oportunidad. Si seguimos creyendo que ganar a la naturaleza es posible, perdemos. Si aprendemos a entendernos como vecinos de la Tierra, con derechos y deberes, entonces abrimos la puerta a sociedades más justas, resilientes y plenas.

Cierra con esto: cuidar la naturaleza no es renunciar al progreso; es redefinirlo para que las futuras generaciones puedan, también ellas, sostener la conversación.

No hay comentarios:

Publicar un comentario