Era un día gris en la ciudad de Altavista, donde el cielo parecía llorar la pérdida de un antiguo esplendor. Lucas, un joven soñador y aficionado a la relojería, aguardaba impaciente en su pequeño taller. Había decidido dedicar su vida a reparar los relojes que se detenían, aquello le permitía también sanar las horas perdidas de un mundo que se movía demasiado rápido.
Un ligero golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos, y al abrirla, se encontró con Valeria, su amiga de toda la vida. Sus ojos, normalmente brillantes, estaban nublados por la preocupación. Valeria había dejado su trabajo hace semanas; una decisión impulsiva que la dejaba sin rumbo y sin la confianza que una vez tuvo.
—Lucas, necesito tu ayuda —dijo con la voz temblorosa—. No sé qué hacer con mi vida.
Lucas sonrió con ternura, comprendiendo que, aunque él no podía resolver todos sus problemas, sí podía brindarle un refugio. Decidió que lo mejor sería acompañarla en este difícil momento. Tenía una idea brillante, algo que la ayudaría a encontrar su camino y a recordar que siempre había sido capaz de enfrentar cualquier obstáculo: un viaje simbólico a través del tiempo.
Preparó un antiguo reloj, uno de sus más preciados tesoros, que había estado guardado durante años. Este reloj, sin embargo, no marcaba horas, sino momentos significativos en la vida de ambos. Con cada giro de la manecilla, abriría un portal a recuerdos compartidos.
—Vamos a viajar a nuestras memorias más felices —sugirió Lucas, mientras colocaba el reloj en la mesa y lo hacía girar.
El tiempo cobró vida, y al instante se encontraron en el parque donde solían jugar de niños, riendo entre árboles y flores. Allí, Valeria recordó sus sueños de artista y la pasión que sentía por la pintura. Luego, se trasladaron a la tarde en que habían construido un fuerte de almohadas en casa, protegiéndose de monstruos imaginarios, donde la risa era su escudo.
Siguiendo el viaje, una ola de nostalgia les llevó a la noche estrellada en la playa. Valeria había pintado el océano con colores vibrantes mientras Lucas tocaba su guitarra. Esa fue una de las noches donde ambos prometieron ser artistas, y esa promesa resonó en su corazón.
Mientras revivían esos momentos, Valeria comenzó a recordar quién era realmente. Las inseguridades que la habían envuelto parecían desvanecerse a medida que reconocía su valor inquebrantable.
De pronto, todo volvió a ser gris, y regresaron al taller. Lucas observó cómo lentamente una chispa renacía en los ojos de Valeria. Ella sonrió, agradecida.
—Gracias, Lucas. Me has recordado que puedo crear mi propio camino. —dijo ella, con lágrimas de gratitud.
Con renovada energía, Valeria decidió inscribirse en clases de arte. Juntos prometieron seguir explorando el tiempo, pero esta vez, hacia el futuro. Con un abrazo apretado y el sonido del reloj marcando un nuevo compás, Lucas supo que no solo había apoyado a su amiga, sino que también había sanado su propia soledad.
La amistad, como un buen reloj, necesitaba ser cuidada, reparada y, sobre todo, celebrada. Y así, entre risas y recuerdos, ambos comenzaron una nueva aventura, dispuestos a escribir juntos el siguiente capítulo de sus vidas.
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