Los Reyes Magos llegan al portal de Belén después de un largo camino, guiados por una estrella y sostenidos por la esperanza. No eran del pueblo elegido ni conocían del todo las Escrituras, pero supieron leer los signos y se atrevieron a buscar. En ellos descubrimos que Dios se deja encontrar por quienes lo buscan con un corazón sincero, sin importar su origen ni su historia.
Al llegar al pesebre, los Reyes se postran ante un niño pobre, envuelto en sencillez. No encuentran un palacio ni riquezas, sino humildad. Sin embargo, reconocen en ese Niño al Rey verdadero y le ofrecen sus dones: oro, como signo de realeza; incienso, como reconocimiento de su divinidad; y mirra, como anuncio de su humanidad y del sacrificio que vendrá.
Los Reyes Magos nos enseñan que adorar a Dios implica arrodillarnos, es decir, reconocer que no somos el centro, y ofrecerle lo mejor de nosotros. También nos recuerdan que el encuentro con Jesús transforma la vida, pues regresan a su tierra por otro camino: nadie vuelve igual después de encontrarse con Él.
Hoy, como los Reyes, somos invitados a ponernos en camino, a dejarnos guiar por la luz de Dios y a acercarnos al portal con un corazón humilde, dispuestos a ofrecer nuestros dones: nuestro tiempo, nuestras capacidades y nuestro amor.
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