Aceptar límites no es rendirse; es dejar de pelear contra lo que no se puede cambiar para cuidar lo que sí depende de uno.
Rendirse es abandonar el sentido. Aceptar límites es reconocer la realidad sin dramatizarla. El límite no marca el final del camino, solo señala hasta dónde llega hoy tu fuerza, tu tiempo o tu control. Desde ahí, recién se puede decidir con claridad.
Muchas veces el desgaste no viene del esfuerzo, sino de insistir donde no hay margen. Aceptar un límite ordena: pone prioridades, protege la energía y evita que el orgullo dirija las decisiones.
Aceptar límites es una forma madura de respeto propio. No te quita ambición; te da dirección.
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