Cada día es otra hoja en blanco, tú eliges qué dibujar ahí
Imagina la mañana como una página nueva: sin marcas, sin juicios, sin historias que te obliguen a repetir el trazo del día anterior. Esa hoja te devuelve algo muy simple y, al mismo tiempo, enormemente radical: poder. No el poder grandilocuente de cambiar el mundo de un plumazo, sino el poder íntimo y cotidiano de decidir el primer gesto —una línea firme, un boceto tímido, un garabato— y ver cómo, a partir de ahí, el resto toma forma.
Escoger qué dibujar no significa tenerlo todo resuelto. Muchas veces el trazo comienza torcido, se rasguea, o se sobrepone con correcciones. Eso también forma parte de la obra. Hay que aceptar que los errores son tinta sobre tinta, enseñanzas dibujadas. El contraste entre lo que imaginaste y lo que salió a la luz no es fracaso: es la evidencia de que actuaste. Y actuar, aunque sea con una línea imperfecta, es preferible a dejar la hoja en blanco por miedo a estropearla.
Cada decisión pequeña —responder un mensaje, levantarte cinco minutos antes, decir “no”, cuidar una planta, escuchar sin interrumpir— es un trazo. Se combinan, superponen y, con el tiempo, componen un paisaje reconocible: tu día, tu manera de ser. No subestimes la acumulación de esos gestos mínimos. Lo que parece insignificante hoy puede convertirse, al cabo de semanas, en el contorno de una vida que te sorprenda por coherente con lo que de verdad valoras.
También hay libertad en la improvisación. No todo dibujo necesita un plan. Algunas de las mejores composiciones nacen del azar: una mancha que se transforma en sol, una línea que sugiere un camino. Permítete explorar, variar texturas, borrar con cariño cuando haga falta. La disciplina y la espontaneidad no son opuestas; son herramientas que se alternan: la disciplina te lleva a la mesa, la espontaneidad te permite descubrir qué aparece mientras trabajas.
Cuando la hoja se llena de listas, obligaciones y expectativas ajenas, recuerda que sigues siendo el autor. Puedes recortar, añadir color, insistir en una esquina hasta que funcione. Y cuando otros miren tu dibujo y no lo entiendan, recuerda que muchas obras valiosas fueron incomprendidas al principio. Dibujar para agradar siempre es legítimo, pero se vuelve pobre si anula tu voz. Haz espacio para lo que te nutre: silencio, lectura, conversación, pausa. Esos elementos son pigmentos tan importantes como la ambición o la productividad.
Hay días en que la mano tiembla. En esos días, la hoja no necesita obras maestras; necesita compasión. Un trazo hecho con ternura puede decir más que cien intentos perfectos hechos sin sentido. Practica el permiso de empezar otra vez. Si hoy la hoja quedó llena de manchas, mañana hay otra hoja —y otra—. La constancia no es persistir como piedra contra la marea, sino volver con gentileza cada vez que puedes.
Al final, el dibujo cotidiano se acerca a lo que dejamos: hábitos, relaciones, palabras dichas y no dichas. No tienes que saber cómo quedará la obra completa; solo puedes decidir los trazos que haces ahora. Hazlos con intención, sin rigidez; con curiosidad, sin exigencia; con responsabilidad, sin culpa.
Así que hoy, frente a la hoja en blanco, respira y pregunta: ¿qué quiero dibujar? Tal vez sea una línea que conecte con alguien; tal vez un pequeño gesto que te haga sentir íntegro. Sea lo que sea, recuerda que lo dibujas tú. Y eso, por muy simple que suene, es extraordinario.
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