A veces creemos que la vida exige ser descifrada como un enigma, como si hubiera una respuesta correcta escondida en algún punto preciso del camino. Pero la vida no es un acertijo que se resuelve con lógica; es un territorio que se atraviesa con presencia, sensibilidad y valentía. “No se trata de entender la vida, sino de vivirla” nos recuerda que la existencia no es un problema intelectual, sino una experiencia que se despliega mientras la transitamos.
Comprender puede darnos una sensación de control, pero vivir nos da autenticidad. La vida se revela en los instantes pequeños: en la risa inesperada, en el abrazo que calma, en el error que enseña, en la caída que obliga a levantarse distinto. Cuando intentamos atraparla solo con la razón, se nos escapa entre los dedos; cuando la dejamos fluir, nos sorprende con posibilidades que nunca hubiéramos imaginado.
Vivir es aceptar la incertidumbre, permitirnos sentir incluso aquello que nos incomoda, abrirnos a lo nuevo aunque da miedo. Es entender que no todo tendrá un porqué inmediato, y que muchas de las respuestas llegan solo después de haber caminado lo suficiente.
Quizá al final la vida no pide ser explicada, sino acompañada. No demanda teorías, sino presencia. No exige perfección, sino honestidad. Y cuando dejamos de obsesionarnos con comprender cada detalle, empezamos a descubrir que la plenitud no está en saber, sino en estar: aquí, ahora, completamente.
Porque vivir, más que entender, es atrevernos a sentir el mundo y permitir que el mundo nos toque de vuelta.
.png)
No hay comentarios:
Publicar un comentario