jueves, 5 de febrero de 2026

La constancia supera al talento cansado


La constancia supera al talento cansado porque el talento, cuando no se cuida, se agota; en cambio, la constancia se construye incluso en días sin brillo.

El talento suele empezar fuerte: motiva, impresiona, abre puertas. Pero también se confía, se dispersa o se apoya demasiado en la facilidad. Cuando llegan la frustración, la rutina o el error, el talento solo ya no alcanza.

La constancia es menos vistosa. Avanza despacio, a veces sin ganas, a veces sin aplausos. Pero tiene algo decisivo: permanece. Y lo que permanece mejora, se afina, aprende a resistir.

Al final, no gana quien empieza mejor, sino quien sigue cuando ya no es emocionante. Ahí es donde la constancia deja de ser un hábito y se vuelve carácter.


Cambiar de opinión también es avanzar

Cambiar de opinión también es avanzar porque nadie crece sin revisar lo que creía cierto.

Sostener una idea solo por orgullo no es firmeza, es miedo a admitir que algo nuevo nos transformó. Cambiar de opinión exige atención, humildad y coraje: atención para escuchar, humildad para reconocer límites, y coraje para soltar una versión antigua de uno mismo.

Avanzar no siempre es ir hacia adelante con más velocidad; a veces es girar, corregir el rumbo, elegir distinto con más conciencia. Quien nunca cambia de opinión no se mantiene fiel a la verdad, sino a su pasado.

Cambiar de opinión no te debilita. Te vuelve más honesto con lo que ahora sabes y con quien estás llegando a ser.

Reflexión: La tristeza

La tristeza es una emoción silenciosa, profunda, que muchas veces llega sin pedir permiso. No grita como la ira ni sacude como el miedo; más bien se posa despacio, como una sombra al final del día. A menudo la evitamos, la escondemos o la juzgamos, pero la tristeza no es un error: es un mensaje.

Sentirse triste suele indicar que algo importante nos ha sido arrebatado o transformado: una persona, una etapa, una ilusión, incluso una versión de nosotros mismos. En ese sentido, la tristeza es prueba de que hemos amado, esperado o soñado. Donde hay tristeza, hubo significado.

Aunque incomoda, la tristeza también tiene una función valiosa: nos invita a detenernos. Nos obliga a mirar hacia dentro, a reconocer límites, a cuidar heridas. Es en esos momentos de fragilidad cuando muchas personas desarrollan empatía, profundidad emocional y una comprensión más humana del dolor ajeno.

Aceptar la tristeza no significa rendirse a ella, sino permitirle existir sin culpa. Como las nubes oscuras, no es permanente; cambia, se mueve, y eventualmente deja pasar la luz. A veces no se va rápido, pero incluso entonces nos enseña a ser pacientes con nosotros mismos.

La tristeza, bien escuchada, puede convertirse en una maestra. Nos recuerda que sentir es parte de estar vivos, y que incluso en los momentos más grises seguimos siendo capaces de sanar, aprender y, poco a poco, volver a sonreír.

Palabras de Jesús: "Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo"

Esa frase de Jesús es Mateo 28:20, y es una de las más profundas y consoladoras del Evangelio. Te la explico por partes, en lenguaje claro 😊

“Y les aseguro…”

Jesús no está dando una opinión ni un deseo bonito. Está haciendo una promesa solemne. Es como decir: “pueden confiar plenamente en esto”.

“que estaré con ustedes siempre…”

Aquí no habla solo de presencia física (porque poco después asciende al cielo), sino de una presencia espiritual, viva y constante:

  • A través del Espíritu Santo

  • En la oración

  • En la comunidad (la Iglesia)

  • En los momentos de alegría y también en el sufrimiento

No es un “estaré cuando todo vaya bien”, sino en todo momento.

“…hasta el fin del mundo”

Esto significa sin fecha de caducidad:

  • Para los primeros discípulos

  • Para las generaciones futuras

  • Para cada creyente, en cualquier época

En lenguaje sencillo: Jesús promete que nunca abandona a los suyos, ni siquiera cuando parece ausente, cuando hay dudas, miedo o dolor.

En resumen

Esta frase expresa que:

  • Dios no se desentiende del ser humano

  • La fe cristiana no es seguir reglas, sino una relación acompañada

  • Incluso cuando uno se siente solo, no lo está

Palabras de Jesús: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo”

La puerta representa el corazón o la vida interior de la persona. Jesús no irrumpe a la fuerza: llama. Esto habla del respeto por la libertad humana. Él se acerca, invita, espera.

“Si alguno oye mi voz y abre la puerta”
“Oír” no es solo escuchar con los oídos, sino reconocer, prestar atención y responder. Abrir la puerta significa aceptar su presencia, confiar, dejarlo entrar en la propia vida, con todo lo que eso implica (decisiones, cambios, sanación).

“Entraré a él”
Jesús promete una presencia real y personal, no lejana ni abstracta. No es solo creer ideas, sino una relación viva.

“Y cenaré con él, y él conmigo”
En la cultura bíblica, comer juntos era signo de amistad, comunión e intimidad. Esta imagen expresa una relación cercana, cotidiana y profunda. También evoca la Eucaristía y, para muchos cristianos, la comunión eterna con Dios.

En conjunto, el mensaje es:

Jesús se ofrece a cada persona con paciencia y amor, sin obligar, deseando una relación íntima y transformadora. Él llama constantemente, pero la decisión de abrir la puerta siempre es nuestra.

martes, 3 de febrero de 2026

Pétalos sobre mi vientre

Quisiera que me cubras de pétalos,

“Gracias por dejar que mis palabras toquen tu mundo.”

Es una frase chiquita pero con mucha alma.

“Gracias por dejar que mis palabras toquen tu mundo” reconoce algo muy íntimo: que escuchar (o leer) a alguien es un acto de confianza. No habla solo de hablar, sino de permiso. De abrir una puerta. De admitir que las palabras no son neutras: entran, rozan, a veces se quedan.

Tiene gratitud, pero también humildad. No da por sentado que el otro tenía que escuchar. Agradece el espacio, la atención, la vulnerabilidad compartida. Y al decir “tu mundo”, eleva al otro: su mundo importa, es propio, es valioso.

Suena a despedida suave… o a confesión sincera. Como decir: no sé qué harán mis palabras en ti, pero gracias por permitirles existir ahí.

lunes, 2 de febrero de 2026

El tiempo no se pierde, se gasta

El tiempo no se pierde, se gasta, porque siempre está en uso, incluso cuando creemos que no hicimos nada.

Se gasta en lo que elegimos y también en lo que evitamos. En lo que atendemos con intención y en lo que dejamos pasar por inercia. Por eso la pregunta no es si usamos el tiempo, sino en qué lo estamos pagando.

Gastar tiempo no significa llenarlo de logros. Descansar, pensar, detenerse también es una inversión necesaria. El problema no es el descanso, sino el gasto inconsciente, ese que no recordamos ni nos deja algo.

Cuando entendemos que el tiempo se gasta, aparece la responsabilidad: no para vivir con culpa, sino para vivir con presencia. Porque lo que se gasta con sentido, aunque no rinda frutos inmediatos, rara vez se desperdicia.

miércoles, 28 de enero de 2026

Perdonar a alguien en silencio

Perdonar a alguien en silencio es un acto profundamente íntimo.
No necesita testigos, ni explicaciones, ni aplausos.

Es decidir soltar el peso que alguien dejó en ti, no porque lo merezca, sino porque tú mereces paz.
Es dejar de repetir la herida en la mente, aunque la cicatriz siga ahí.

Perdonar en silencio no siempre implica reconciliarse.
A veces significa aceptar lo que fue, poner un límite y seguir caminando más ligero.

Es un regalo que no se entrega al otro, sino a uno mismo.
Un acto de amor propio que dice: ya no quiero que esto me duela más de lo necesario.

Porque hay perdones que no se dicen…
se sienten, se procesan y se liberan.

Los cinco caminos de la vida

La vida no es una línea recta ni un destino fijo; es un cruce constante de caminos. A lo largo del tiempo, cada persona aprende —a veces con calma, otras con dolor— que vivir implica elegir. No siempre somos conscientes de esas elecciones, pero cada una nos conduce por un sendero distinto. Entre todos ellos, hay cinco caminos que suelen aparecer una y otra vez en la experiencia humana.

¿Qué haces cuando te tratan mal?

Cuando me tratan mal, primero intento detenerme y no reaccionar en automático. No siempre es fácil, porque el maltrato duele y suele despertar enojo, tristeza o ganas de defenderse de inmediato. Pero con el tiempo he aprendido que responder desde la rabia casi nunca me cuida ni mejora la situación. Entonces respiro, observo lo que siento y trato de entender qué me afectó exactamente: ¿fue el tono, las palabras, la intención, o algo que tocó una herida vieja? Darme ese espacio me ayuda a no perderme a mí en la reacción.

Después, si tengo la energía y el contexto lo permite, pongo límites. No desde el ataque, sino desde la claridad. A veces decir “no me hables así” o “eso me hizo sentir mal” es un acto de respeto propio, aunque incomode. Otras veces elijo el silencio y la distancia, porque no todo merece una explicación ni todas las personas están dispuestas a escuchar. Aprender a elegir mis batallas también ha sido una forma de cuidarme: no todo el mundo tiene acceso a mí ni a mi paz.

Finalmente, trato de no cargar con lo que no me corresponde. Que alguien me trate mal habla más de su mundo interno que de mi valor como persona. Recordarme eso es clave para no internalizar el daño. Me apoyo en personas que me tratan con respeto, hago cosas que me devuelven calma y, si es necesario, reflexiono sobre lo ocurrido para crecer sin endurecerme. Porque defenderme no significa volverme fría o cruel, sino aprender a quererme lo suficiente como para no normalizar el maltrato.