Caminan, respiran, sonríen.
Cumplen horarios, repiten palabras, ocupan espacios.
Desde fuera parecen vivos, pero por dentro habita el silencio.
Un cuerpo sin alma no es un cuerpo muerto; es un corazón que ha olvidado soñar, una mirada que ya no se detiene a contemplar, una existencia que sobrevive sin preguntarse para qué vive.
