A veces insistimos en sostener lo que ya no se mueve por miedo a perder, por costumbre o por la esperanza de que, con un poco más de esfuerzo, las cosas cambien. Pero no todo lo que cuesta debe permanecer, ni todo lo que se resiste merece nuestra energía indefinidamente. Cuando algo no avanza, también nos está hablando: quizá ya cumplió su ciclo, quizá dejó de ser compatible con la etapa en la que estamos, o quizá simplemente nos está frenando más de lo que nos está construyendo.
Soltar no siempre es rendirse. Muchas veces es una forma de inteligencia emocional, de dignidad y de cuidado propio. Es reconocer que aferrarse a lo que no crece también puede impedirnos ver lo que sí puede florecer. Avanzar, en cambio, no siempre significa correr; a veces significa elegir con claridad, cerrar una puerta sin dramatismo y seguir caminando con más ligereza. Hay decisiones que duelen, pero que liberan. Y esa libertad suele abrir espacio para oportunidades, relaciones y caminos que sí están alineados con lo que somos y con lo que necesitamos.
No todo merece ser forzado. Lo que de verdad es para ti no te desgasta hasta vaciarte; lo que es sano para ti encuentra una manera de permanecer, de moverse contigo, de crecer con el tiempo. Por eso, cuando algo se detiene de forma persistente, quizá la pregunta no sea cuánto más vas a intentar sostenerlo, sino cuánto tiempo más vas a dejar que te quite dirección. Soltar también es avanzar. Y a veces, avanzar es la única forma de volver a encontrarte.
%20(1920%20x%201010%20px)%20(1920%20x%201080%20px)%20(1).png)
No hay comentarios:
Publicar un comentario