La tristeza suele sentirse como una habitación sin ventanas. Cuando estamos dentro, parece imposible imaginar que exista algo más allá. Sin embargo, la tristeza no es un lugar donde estamos destinados a vivir, sino un paisaje que atravesamos.
Al otro lado de la tristeza no siempre está la felicidad inmediata. A veces está la comprensión. Comprendemos lo que hemos perdido, lo que hemos amado y lo que realmente importa. La tristeza tiene la extraña capacidad de revelar el valor de las cosas que dábamos por sentadas.
También nos enseña humildad. Nos recuerda que somos vulnerables, que necesitamos de otros y que no podemos controlar todo lo que ocurre en la vida. Pero esa vulnerabilidad no es debilidad; es una puerta hacia la empatía. Quien ha conocido la tristeza suele mirar el dolor ajeno con más compasión.
Al otro lado de la tristeza suele encontrarse una versión más profunda de nosotros mismos. No la persona que éramos antes del golpe, sino alguien que ha aprendido a seguir adelante llevando sus cicatrices sin dejar que definan su destino.
La tristeza no pide que la venzamos ni que la ignoremos. Pide ser escuchada. Y cuando le damos espacio, cuando dejamos de huir de ella, poco a poco pierde su oscuridad. Entonces descubrimos que detrás de las lágrimas sigue existiendo la vida, con sus posibilidades, sus encuentros y sus nuevas esperanzas.
Porque la tristeza es un capítulo, no el final de la historia. Y al otro lado de ella, muchas veces, nos espera una fuerza que no sabíamos que teníamos.
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